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Desenmascarando la progresía, el mal escondido que amenaza la sobrevivencia de Occidente

Guerra cultural: manifiesto contra-revolucionario – Por Luis Santiago Schneider

Este es un escrito reaccionario, contestatario como toda crítica. Contra la crisis de una apostasía cultural que circunda transversalmente al mundo contemporáneo. Una agónica respuesta al fantasma que recorre Occidente, el fantasma del progresismo; que impera espectralmente entronado en los dominios de la superestructura. Tal vez, el último intento por obliterar los postulados ideológicos reinantes de las diversas concepciones de la ficción posmoderna, que unilateral y sistemáticamente censuran cualquiera de las objeciones a la insurrección global disfrazada de avance conjunto de la humanidad. Estamos en guerra. Independientemente de si la afrontemos o no, ya que, defenderse del embate implica la resistencia en una disputa ya iniciada. Una guerra cultural que está muy avanzada en todos los frentes. Un tercer conflicto bélico a escala mundial, pero sin cuarteles ni armas empíricas. Una guerra abstracta, virtual, semántica y política sin precedentes, ante la amenaza de la muerte del pensamiento, y por consecuencia, de la ética. Un ataque a los principios fundantes de nuestra civilización por medio de múltiples agentes refinados de coerción, bajo el ropaje multicolor de la revolución de los oprimidos. Una sedición contra toda moral o sistema de valores necesarios para la civilización más eximia hasta esta parte de la historia, cuya axiología cristiana puede ser reemplazada por un único valor: el valor del desvalor.

Bajo la premisa de la negación de toda verdad occidental, el progresismo se establece como única verdad predominante, aplastando toda verdad divergente al considerarla extinta, atávica, extemporánea, etc. La naturaleza, lo dado, es reemplazado por lo dado por el posmodernismo. Una intelectualidad postmodernista que se encarga de llevar al extremo cada proposición moderna, extremando a la libertad hasta que ésta se salga de su necesaria delimitación, incurriendo en libertinaje y volviéndose irrecuperable. Toda definición queda degradada, y con esto, todo entendimiento queda anulado. El imperio de la ignorancia se vuelve la doctrina que deja al individuo sujeto a una vacuidad que sólo puede llenar con sumisión y empatía al cambio paradigmático. En donde no solamente todo juicio previo queda obturado, sino también el juicio a posteriori. Luego, todo rasgo de la inteligencia pasa a estar moralmente mal, tanto el prejuicio como el juicio comprobado por el análisis y la experimentación científica. Cohibiendo exhaustivamente la razón para que la decadencia se extienda coercitivamente como nueva norma a través de una no coacción, que resulta ser la misma coacción que la cuestionada por sus aforismos de supuesta emancipación. Una falsa liberación que no es otra cosa que una actitud despótica para con la cultura occidental, una renuncia a todo tipo de civilización posible. El horizonte: la barbarie.

Esta negación a un orden prominente o a una mejora del orden actual, se corresponde a la pretensión de abolir y extirpar de raíz un supuesto origen patriarcal connatural a la relación entre distintos géneros sexuales. De ser así, se sigue por axioma, que todo orden será necesariamente <<patriarcal>> porque el más fuerte conseguirá imponerse. Entonces, descansa sobre este presupuesto el subterfugio de la revolución. El paroxismo de la demanda revolucionaria se debe precisamente a la docilidad para rebelarse contra su contexto, al estar subordinados a esta negación del pensamiento, adhieren acríticamente a la normalidad que los iguala a una voluntad general. Con todo, la revolución es supeditarse a una voluntad genérica y extrínseca a la propia como resultado de la abdicación a la verdad. Porque al dejar atrás todo parámetro de verdad, toda búsqueda queda extrañada del individuo, enajenándose a designios ajenos. Construyendo un sujeto universal y aleatorio, cuya identidad fluctúa indiscriminadamente en orden a sus voliciones y apetitos inferiores. Operadores inconscientes del declive cultural, que reducen su ser a su circunstancia no pudiendo ver más allá de lo inmediato. Un sujeto sin historia y sin futuro, sujeto a los dispositivos de poder de su entorno.

El problema de nuestro siglo son los reduccionismos. En un abuso de la democracia se resuelve reducir la totalidad a lo que dictamine una ideología, emulando el dogmatismo fascista y destruyendo la diversidad. Resumirlo todo a una mera perspectiva de género es igual a reducir al hombre a la animalidad. Porque la compleja ontología humana es más amplia que las cuestiones sexuales. Las cuales, no pueden determinar la identidad en su completitud. Si todo es género, nada es género. La revolución lo reduce todo al cambio, nada puede permanecer; y la deconstrucción tiene como resultado final un sujeto vacío, el cual, no tiene con qué operar, y en donde no hay operatoriedad no hay libertad. Ya que su libertad absoluta carece de límites, y sin límites qué obedecer o traspasar no hay movimiento. Por tanto, la contingencia no es posible en la revolución, porque un giro total de 360° retorna al mismo lugar. La revolución social ha muerto. Sólo las revoluciones tecno-científicas podrán crear un nuevo paradigma. No así las mejoras parciales que una política adecuada pueda suministrar al sistema.

La eclosión de las ideologías que en el siglo pasado tuvo su auge, pervive hoy en sus sombras, que se retroalimentan apoderándose del eros y el pathos de los integrantes de las sociedades. Sombras que advienen danzantes al presente como <<revolución cultural>>, asediando la tradición que constituye el ethos que nos es afín. Su implementación subversiva es consistente a una democracia extrema en donde el orden privado pasa a ser de orden público y viceversa. A saber, lo privado pasa a democratizarse hasta la pérdida de la privacidad, sujetando al individuo a la masa; y lo público, la res pública, quedará en manos particulares de los que administren el orden por medio de un Estado posmoderno, que imparta a través de una ingeniería social, la pericia pertinente para el dominio absoluto. Con la excusa de visibilizar cuestiones privadas, el panóptico de estos propiciadores de las libertades conquistadas (derechos), accederán a la omnisciencia y suplantarán la libertad connatural al ser humano con su intervencionismo artificial; y si son los nuevos políticos mesiánicos idóneos e infalibles para solucionarlo todo, serán necesariamente omnipotentes. El craso, de dejar que los salvadores lleguen es abandonar la meritocracia en todas sus formas y todo atisbo de independencia. Si la democracia se sale de sus lindes y todo, incluso la ciencia, es democracia, entonces nada es democracia. Los antidemocráticos arriban ocultos tras la argucia excelsa de sus artilugios de presunta liberación.

El fenómeno de la progresía logra materializar la institucionalización de la revolución. Donde explicita la aporía constitutiva de su <<esencia>>. Y en vistas al perfeccionamiento del proceder revolucionario, emerge un sistémico e instaurado método de vigilancia y castigo. El efectivo procedimiento del sutil y circunspecto entramado de hegemonía racional, obtiene un control directo de cada uno de los componentes de la sociedad. De este modo, se cierne el artefacto de constreñimiento de una eficiencia comprobada por el proceso de vigilar y castigar. Que se atribuye al predominio de una estructura impersonal (sociedad) puesta por encima del individuo y su libertad, en un intento por manejar los destinos sociales, en una reforma inicua de las leyes. Finalmente, la prohibición de que el ciudadano cometa errores intrascendentes es una negación de la humanitas (de su humanidad). Imponiendo la alienación de su espontaneidad y sus prejuicios subjetivos; aniquilando la subjetividad en favor de un objetivismo que a la postre es errado: un experimento fallido. Sembrando una enemistad con el conocimiento al reemplazar el deseo de conocer, por la tendencia a vitalizar los bajos instintos y la concupiscencia. Estancando cualquier tipo de progreso en las generaciones subsiguientes, adentrándose en profusas supersticiones en detrimento de todo rigor, vigor y virilidad en la inquisición del saber. Esta iniquidad se debe a que advirtieron que toda indagación en nuestra cultura, es una necesaria retrospección en corrientes de pensamiento pretéritas que, al estar contaminadas con el <<ideario patriarcal>>, quedan expiradas, retrógradas y exánimes. Y en su esterilidad para la innovación, quienes profesan el fariseísmo de esta falsía autodestructiva, deberán imponerse por la fuerza.

No existe nada más diverso que la cultura, ya que es multiplicidad per se. Lo abarca todo, y por eso, no puede diversificarse aún más lo que en sí mismo es pluralidad. La <<diversidad cultural>> o <<multiculturalismo>> incurre en una tautología sinuosa que no tiene otro asidero que la ignorancia, o peor aún, un intento por integrar un globalismo que disuelva el ethos de las respectivas ecúmenes culturales desintegrando las diferentes culturas, como la hispanidad; igualándolo todo en un sincretismo que consigue alinear las identidades con arreglo al progresismo: la instancia ulterior del igualitarismo suscitado de la claudicación al ser. Aprovechando que la tecnología hace su parte con la hiperconectividad de la que se dispone actualmente, avanzan impunes con la excusa de que el cambio se da naturalmente. Las naciones no pueden renunciar a su soberanía entregándose a un mal innecesario que, ante la pérdida de la forma en Occidente, la decadencia sienta sus bases dejando obsoleta toda determinación y generando la endeblez en el sistema, tanto legal, como en todos los órdenes.

La muerte del pensamiento y la posterior muerte de la voluntad autonómica, es el extravío de toda gradación posible de la autenticidad del ser. Sublimando a una moral imperativa como unánime forma de eticidad cosmopolita; mientras que la ética que el individuo debe construir, se suplanta autoritariamente por la adhesión obligatoria a la moral específica impuesta por las ideologías totalizantes, que sugieren progresivamente la sublevación contra un patriarcado ya perimido. Los enemigos ficticios en los que el relato progresista sustenta su utopía, arroja a sus acólitos a la ilusión de poder cambiar lo que se propongan. No poder conocer sus limitaciones los inhibe de lograr salirse de sus ficcionales propósitos, y los sume a una sórdida realidad. No puede haber ficción sin realidad. Porque, si todo (la naturaleza) es ficción, nada lo será y, por consiguiente, todo será realidad. La miserable realidad de vivir sin posibilidad de ficción alguna, en un insoportable solipsismo vacuo. El motor del resentimiento social es la miseria de la persona sin autenticidad ontológica: sin identidad propia. Su móvil es la falta de identidad. Luego, reclamará contra todo lo establecido el hecho de no ser nadie. Una carencia que buscará colmar con ornamentos y cambios estéticos que le proporcionen un estilo, aún que éste sea el mismo estilo que el de sus inauténticos y ultrajados copartícipes de la insurgencia post-moderna.

Para conservar la libertad que peligra por la deformación de toda verdad con este laicismo contra-cultural, debemos aferrarnos a dos apotegmas materialistas: La conservación de la modernidad contra su abandono precipitado, y la defensa de la naturaleza humana. Defender el método científico que caracteriza la búsqueda moderna de la verdad, para luego poder defender la naturaleza humana. La resignación ante la verdad, que la posmodernidad pregona, no es sino la razón de la decadencia justificada y solemnizada como revelación de la muerte de la verdad. No obstante, la ausencia de la verdad debe ser el motor de la modernidad tardía para una búsqueda que se sabe interminable. La inexpugnable verdad de la naturaleza humana a la que pertenecemos (la entendamos o no) tiene que ser perseguida con la razón, de lo contrario lo humano involucionará a su animalidad más primitiva. Y en tal incivilidad, el progreso que sólo puede lograrse en sociedades que superen estas crisis nihilistas, no podría darse con semejante rechazo a los valores. Sino superando este trance donde los valores quedan extrañados del individuo, se vuelven impropios y decantan en la impersonalidad de sociedades laicistas y emancipadas de toda razón: en un nihilismo abisal. En la ininteligibilidad que caracteriza el olvido de lo propio, de quienes incursionan en un amor por lo que no se tiene, por lo extraño e inasible. En una apasionada sobrevaloración de lo excéntrico. Obviando los valores, al valorar el extrañamiento resultante de ese amor a lo ajeno por encima de sus principios. Que degenera posteriormente en el fenómeno de la imitación. En suma, un culto a la infecundidad donde, construir es retroceder a tiempos clásicos, demasiado clásicos.

El malestar en la cultura hoy se explica como un existencialismo inauténtico, donde la sujeción a un sentimiento general de ultraje perpetuado por la cultura y el destino del hombre occidental, provee una aversión a la existencia otrora idealizada por un subjetivismo hoy desengañado. Y frente a la muerte, o, mejor dicho, el asesinato de toda certeza, todo valor pierde su sacralidad y pasa a quedar refutado sin poder ser pensado por el individuo. Decretando abiertamente la alienación general, que antes causaba animadversión, y hoy se promociona amoralmente como inequívoca regla del humano emancipado de la verdad. Es decir, liberado incluso de toda posibilidad de ser libre. Porque la libertad nace a partir de una doctrina, sólo así el hombre adquiere la libertad de transgredir o acatar de manera auténtica, basándose en su propia voluntad para obrar y discernir. La ética sólo puede surgir a través del ejercicio de la libertad, el deber ético que cargamos los hombres libres es esta elección de defender lo que nos hace ser libres. ¡La resistencia despertará!

*Luis Santiago Schneider es estudiante de filosofía de la Universidad Nacional General Sarmiento y escritor colaborador de la Fundación Libre.

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